LA MOSCA ROJA

REFLEXIONES DE UNA MOSCA ENTRE MOSCARDAS by PURA MARIA GARCIA

CIENCIA O HUMANISMO: LA REVOLUCIÓN DE LA DUDA COMO ÚNICA CERTEZA

 

NEUTRIN 2

Gracias, Joan, por ayudarme, cada día,

a descubrir el poder de la duda

y la revolución que impulsa-

 

¿Ciencias o letras?

No creo que muchos de nosotros hayamos logrado llegar a la edad adulta sin habernos enfrentado, por nosotros mismos, ante la presión del sistema educativo o  por el dilema planteado por nuestros padres, a esta tremenda pregunta. Es tremenda porque entraña una opción que la naturaleza humana se ha encargado de convertir en paso definitivo y excluyente. O la palabra, y su belleza y poder, dados por verdades universales, o el método científico, los números, los supuestos que una vez alcanzados se desmoronan, dejando al descubierto nuevos vacíos que nos retan. O una visión del mundo u otra.

Pocos dilemas nos empobrecen tanto, como especies, mentes y seres culturales como este. Y, sin embargo, continúanos perpetuándolo sin aspirar, como sería aconsejable, a que definitivamente constituyeran un todo. Extendemos esta irracional elección creando, desde hace cientos de años, arquetipos mentales y culturales que podrían considerarse indelebles. La historia de la Historia nos lo recuerda: la palabra, la literatura, no ha abandonado al “pueblo”, la ciencia se ha acercado, y casi escondido, con los disidentes que se cuestionaban el poder; en la religión, en todas, son las “palabras de la deidad correspondiente” la directriz que marca actos y pensamientos de sus seguidores fieles; la palabra explora y expone, con mayor o menos belleza, con mayor proximidad o no a la realidad social y a la detección de la injusticia, la ciencia introspecciona el mundo exterior, incluso el que transciende  nuestro cosmos social y busca respuestas, la palabra ordena las preguntas.  

¿Ciencias o letras? ¿Conocimiento y humanismo? El humanismo se propaga al mirar al otro como un ser global y cae en el maniqueísmo, si nos dejamos vencer por los arquetipos que la sociedad nos ha ido imponiendo sibilinamente, de su tendencia a “enseñar” y, en su pare más manipuladora, a “educar“, “domesticar”. La ciencia se muestra como una ventana en la que cada uno elije la fracción de paisaje que escudriña, a partir de una observación que no busca la connotación sino la interpretación del mundo. La palabra sacia, o puede saciar. La ciencia es esa insolente prueba de que, una vez alcanzado el primer atisbo de una respuesta, asoma el indicio vociferante de que una nueva pregunta se desencadena cuando descendemos al pozo de desear “saber”, no para juzgar, sino para COMPRENDER.

Ciencia y humanismo, método y palabra. Así habría de ser el camino vital que nuestro pensamiento debiera atreverse a emprender. Sin verse obligado a opciones excluyentes y como ribera de esa senda, siempre, la duda como única certeza. Una duda que jamás es sinónimo de fracaso de la idea, del supuesto, del axioma tomado como cierto unos instantes antes de hallar un recoveco que puede y debe ser cuestionado. La duda como reconocimiento de algo extremadamente sutil y sencillo: el conocimiento jamás se posee. Nunca lo tendremos, aunque siempre DEBERÍAMOS aspirar a acercarnos a él, nos aproximaremos a conocer, no ala CONOCIMIENTO, sabiendo que cuando rozamos una de las aristas de sus millones de aristas, al “conocer ll parcialidad” ese mismo CONOCIMIENTO se transforma y cambia, increíble y maravillosamente, porque nada permanece intacto cuando un pensamiento, el nuestro, alcanza a otro. El CONOCIMIENTO es dinámico, mutable, infinito, metamórfico: si yo alcanzase a conocer un ápice de su rostro, su faz cambiaría porque mi acercamiento “interviene” en él, lo transforma y me transforma. Ésta es una de las razones de que el ser humano sienta esa adicción incurable a llegar, o creer que llega, a CONOCER, el proceso de interacción que magnifica, dentro de la humildad de saber que jamás CONOCEREMOS, al ser humano.

Difícilmente, si no aceptamos subir al tren del conocer desde este pequeño y extraño andén, alcancemos tramos del GRAN DESTINO, al que jamás llegaremos, sabiendo que pensar, analizar y dudar es un itinerario que no llevará jamás a un lugar definitivo en el que todo es orden y lógica, sino a una nueva etapa del camino.

Si aceptar la duda como única certeza, no podremos entender que hoy, más que nunca, se produzca una aparentemente extraña paradoja: la sociedad busca el orden y la estabilidad y la ciencia anhela, por el contrario, remover e instigar los cimientos ya dados como “firmes” de las teorías y leyes, para desestabilizar la concepción del TODO y no detenerse, tal y como la sociedad y la forma en que la organización instaurada, el sistema político, aconsejan. Probablemente, nunca en otra época de la Historia, que no haya sido la Grecia de Hipatia de Alejandría, la sociedad necesita de la revolución de la idea y la duda, la que lleva, como inevitable, a la revolución del acto al comprobar que nuestras creencias nos sirvieron por microsegundos en la escala ínfima del tiempo histórico, pero que cambian porque nada es estático y tras ellas asoman preguntas que nuestro aprendizaje previo nos lleva a plantearnos.

Así, aceptaremos sin falso pudor, con más esperanza y entusiasmo que inquietud, que los supuestos cimientos científicos que sustentaban nuestra visión de la vida y el mundo, frágiles aproximaciones que fueron derribadas con la valentía y tenacidad de Galileo, Einstein, Bohr, Curie, da Vinci o Planck hoy también se cimbreen bajo el impulso de la visión global y asociativa, DE LA DUDA, de otros científicos que aspiran a no dejar el CAMINO SIN FINAL que es la ciencia.

Marx Planck, cuando en 1900 dedujo la discontinuidad de la energía y observó que la luz dejaba una especie de “marca” distinta según se tratase de un elemento químico u otro, la luz pasó a tener, en términos científicos, un nuevo matiz: una capacidad de ser utilizada para distinguir unos elementos de otros. Los descubrimientos de Planck, que fueron verificados posteriormente por otros científicos, fueron el nacimiento de un campo totalmente nuevo de la física, conocido como mecánica cuántica y proporcionaron los cimientos para la investigación en campos como el de la energía atómica. Planck reconoció en 1905 la importancia de las ideas sobre la cuantificación de la radiación electromagnética expuestas por Albert Einstein, con quien colaboró a lo largo de su carrera y, aunque en un principio fue ignorado por la comunidad científica, profundizó en el estudio de la teoría del calor y descubrió, uno tras otro, los mismos principios que ya había enunciado Josiah Willard Gibbs (sin conocerlos previamente, pues no habían sido divulgados). En 1899, descubrió una constante fundamental, la denominada Constante de Planck, usada para calcular la energía de un fotón. Se basa en que el máximo de incertidumbre de la masa de una partícula multiplicada por el máximo de incertidumbre de la velocidad de una partícula multiplicada por el máximo de incertidumbre de su volumen nunca puede ser menor que una determinada cantidad, que es la constante. SE trataba de un intento serio de descubrir y proponer  un grupo de unidades de medida basadas en las constantes físicas fundamentales. Un año después descubrió la ley de radiación del calor, denominada Ley de Planck, que explica el espectro de emisión de un cuerpo negro. Esta ley se convirtió en una de las bases de la teoría cuántica, que emergió unos años más tarde con la colaboración de Albert Einstein y Niels Bohr.

Tras leer este itinerario simplificado, uno podría creer que el científico alemán sintió la satisfacción del descubrimiento que lleva a la certeza, a la estabilidad y la seguridad. Nada más lejos de la realidad: “No lo he conseguido. Tendré que acostumbrarme a vivir con la teoría de los cuantos. Y creedme cuando so diga que acabará expandiéndose”, fueron las palabras proféticas de este científico, ideológicamente conservador que, quizás por su ideología, sintió el TEMOR al proceso increíblemente enriquecedor, PERO REVOLUCIONARIO,  social e individual, al que conduciría sus nuevas teorías: poner en tela de juicio la realidad tal y como la física clásica había logrado que “aceptaran” hombres y mujeres de su época. Planck sabía que la duda es la única certeza, un “peligro” para la masa adocenada por la política y las ideas que pretenden ser VERDADES ABSOLUTAS Y ETERNAS.

Hoy, cuando los quantos ya no son las partículas más desconocidas del universo, los agujeros negros no constituyen el mayor enigma científico y que, según investigaciones iniciadas ya en 1930, por W. Pauli, son los NEUTRINOS las partículas que se erigen como el siguiente reto de la ciencia, parece más lógico afirmar CIENCIA Y HUMANISMO y suscribir la revolución de DUDAR COMO ÚNICA CERTEZA.

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Esta entrada fue publicada en septiembre 25, 2011 por en CIENCIA, LUEGO PIENSO y etiquetada con , , .

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