Archivo de la categoría: REFLEXIONES

SIRIA Y EL BUEN VECINO DEL TÍO SAM

 

 

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Hace tan solo unas horas, alrededor de 5.000 militares han entrado en la ciudad de Alepo, en el norte de Siria, utilizando la frontera con Turquía para poder acceder al cruce de Bab Al-Hava. A estas alturas, nadie que se haya molestado en contrastar información y en permitirse interpretarla con espíritu crítico puede dudar de que se trata de mercenarios entrenados y financiados por Estados Unidos, con la connivencia de la OTAN, enviados para herir aún más al pueblo sirio desde una base militar en Turquía, próxima al aeropuerto de Sazgin (en la provincia de Gaziantep) que ya sirvió como base logística para el traslado de tropas, municiones y equipos militares durante la invasión americana de Irak.

A principios del año pasado, Militares de EEUU llegaron a Turquía para instalar misiles Patriot cerca de la frontera con Siria. En Septiembre de 2013, ya se filtró información contrastada sobre la construcción de una nueva base militar cerca de la frontera con Siria, cerca de la ciudad de Latakia, en medio de las amenazas de guerra del Occidente contra el país árabe.  Un mes después conocimos que el Pentágono había puesto sobre la mesa una propuesta oficial para entrenar a los rebeldes moderados de Siria. La propuesta se hizo mientras, en paralelo y desde instancias oficiales, La administración Obama reconocía haber proporcionado asistencia logística, humanitaria y militar a los rebeldes que luchan contra las fuerzas de Al Asad en una guerra civil que parece interminable. Hace menos de un mes, Turquía derribó un avión de combate sirio cerca de la frontera con Siria. Desde 2012, está constatado que la CIA está entrenando rebeldes sirios, afirmación que se sustenta en declaraciones de diferentes militares rebeldes y comandantes insurgentes que fueron publicadas sin desmentidos en varios medios de información americanos.

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TERRORISTAS DE LA PALABRA

 

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La calle derriba el régimen ucranio

Venezuela sigue ocultando los hechos que rodearon la muerte de Chávez.

ABC dio la cobertura más amplia sobre el cáncer de Chávez y las tropelías de Maduro

Maduro se rodea de cubanos y argentinos

El esplendor petrolero que tuvo Hugo Chávez no brilla igual con Maduro

Maduro convierte el legado de Chávez en una ruina económica

Ayudar a Ucrania, así no

El imperio de Putin

Rajoy defiende ante Lavrov la integridad territorial de Ucrania

Ucrania se debate entre la partición o la guerra

Son 10 titulares que podemos leer, con textos e información repetida hasta la saciedad (y la suciedad de lo intencionadamente subjetivo y falso) en los massmedia que actúan sobre nuestro pensamiento. Son muestras de las descargas, más o menos sutiles, que están incluidas en tratamiento electro convulsivo que a diario nos aplica el sistema.

La realidad impuesta por él sigue idéntico protocolo que los psiquiatras observaban para aplicar electroshocks, una práctica de la que creemos, ingenuamente, habernos liberado como masa social. Fueron prácticas de tortura, sin más eufemismos. Los psiquiatras en forma engañosa cubrían estos procedimientos con legitimidad médica: el escenario del hospital, asistentes vestidos de blanco, anestésicos, drogas que paralizaban los músculos y equipos de sofisticada apariencia.

Comparar las descargas eléctricas, en forma de artículos y mensajes que se expanden como una epidemia de palabras e imágenes mentales que calan en el cerebro de la masa, con la tarea de periodistas, muchos, y tertulianos, muchísimos, no es una simple metáfora. Culpabilizamos y responsabilizamos a políticos y trileros de las finanzas de nuestra miseria, individual y social, y de la perdida encubierta de la inmensa mayoría de nuestros más elementales derechos. Y lo son, indiscutiblemente, pero nos falta incluir en esa lista a los terroristas de la palabra y del micrófono.

Los psiquiatras en forma engañosa cubrían la aplicación de electroshocks  con legitimidad médica y un serio escenario: el hospital. Los terroristas de la palabra cubren las mentiras, exageraciones y subjetividad con la legitimidad de un periódico o de un programa televisivo o radiofónico. Lo que dicen, lo que afirman sin titubeos, y sin contrastar en la mayoría de los casos, alimenta el pensamiento de quienes les otorgan, con el peligro de su inconsciencia, la potestad de construir la realidad por nosotros y para nosotros. Lo que dicen cimenta mentiras, crea monstruos o beatifica, aniquila toda capacidad de pensamiento reflexivo, iguala lo ilegitimo a lo ético. Los terroristas de la palabra tejen una maraña en la que nos vamos viendo atrapados, establecen sutilmente lo que es aceptable y lo que no. Van modelando nuestras emociones y ensanchando la cruceta con la que el poder nos maneja. Ellos son otra forma de soberbia, también nos manipulan, dictan a golpe de aseveración cuál ha de ser nuestro umbral colectivo de resistencia, de aguante, de hambre y de necesidades. Y uno a otro, con un eco absolutamente dañino repiten la consigna, equivocada, del terrorista precedente y encadenan mentiras e imágenes mentales que hace buenos a sus buenos y malos a sus demonios. Y, lo que es peor, están logrando que hayamos caído en la trampa de escucharles, darles crédito y entornemos los ojos, hundiéndonos en la realidad más próxima sin aspirar a mirar más allá. Drogados con su construcción partidista del mundo ya ni siquiera reflexionamos por lo que sucede a esa parte del TODOS que está más allá de lo que nos infecta. No existen las demás guerras, no existen las torturas, no existen los problemas que no sea la realidad terca y reducida, absolutamente corrupta, que tienes los límites del país de los voceros. Han conseguido que permanezcamos inmutables, o nos importe mínimamente, comparado con lo que debería importarnos, ante la mentira mediática de esa supuesta democracia en Ucrania, “esponsorizada” y planificada desde hace mucho tiempo por Estados Unidos. Han conseguido que no dudemos en demonizar a Cuba, que no titubeemos antes de afirmar, coro de ciegos, que en Venezuela, los buenos son los buenos que señala Estados Unidos y los terroristas de la palabra.

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UNA INFANTA EN EL PAÍS DEL NO SABER

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Una llega a cierta edad sabiendo que desconoce muchas cosas y, para sobrevivir a una madurez que le cae, sí o sí, como una losa de cierto peso, pone en práctica ese mecanismo de defensa que consiste en ir arrinconando, hasta casi creer que desaparece, ese saber que no se sabe nada. Pero, mire usted por donde, cuando una cree que ha logrado esconder su fragilidad cognoscitiva, siempre llega un aguafiestas dispuestísimo a fastidiar.

Esta vez se trata de un señor muy (supuestamente)  erudito, con aparente, y calculada, apariencia de bonhomía y sonrisa amplia, el señor Jesús María Silva, uno de los abogados de la infanta Cristina, que en eso del no saber no es precisamente infanta sino reina reinísima.

Cuando escuché a este señor, que acumula santidad en su doble nombre (Jesús y María) comentar con total naturalidad que creía firmemente en la inocencia de  su (indefendible) defendida y que, según la opinión de este pariente de Heidi, la infanta había actuado desde la fe por amor a su marido y que no sabía lo que estaba haciendo cuando, por ejemplo, sacó una tarjeta, que en lugar de la titularidad de su nombre tenía como titular Aizoon, para cargar a esa cuenta unos 1.741 euros de nada por una vajilla de cerámica, no tuve más remedio que aceptar que sí, que es verdad que no sé nada, como la infanta, y que como ella vivo en el país del no saber.

Este país, que es de  lo poco que tenemos en común la infanta, el letrado y yo, es realmente un país exótico, que ganaría sin duda no uno sino varios óscar: a la peor película, al mejor actor de reparto (para el que está nominado ese al que, según exija la ocasión, acercan o destierran, afectivamente hablando, llamándole Urdangarín o, si conviene, como el caso del amor ciego, el marido-esposo de la infanta); la mejor actriz de reparto (Cristina), el mejor guion original (El amor que provocó mi firma automática) ; mejor guion adaptado (la defensa de una infanta enceguecida de amor); mejor montaje (defendiendo el caso Noos) ; efectos especiales (con la colaboración del Ministerio de Hacienda y parte de la policía del país del no saber); mejor maquillaje (todo el proceso) y, por último, mejor canción original (“Love makes me idiot”).

Usted no lo sabe pero vive, sobrevive, en el país del no saber, en un país de cuento (de –falsas-cuentas)  en el que reina, entre visita y visita a un hospital, un monarca que no sabe lo que caza,  no sabe lo que dice (no se sabe si por envidia a los británicos y a su George VI);  no sabe que familia y milicia y, cumplimiento y sufrimiento riman, pero no son lo mismo; que no sabía nada del golpe de estado, no sabe distinguir una conseguidora rubia de una administrativa y que no sabe que Noós no es un pronombre personal de primera persona del plural.

Ese país del no saber  es el país en el que decenas de auditores viven, superviven, sin saber que hay problemas, agujeros por los que, con donaire y presteza, se esfuma el dinero de los que poco tienen. En él, un presidente que no sabe el significado del término mayoría absoluta, no sabe que la amistad (las malas amistades) puede ser peligrosa para los habitantes del país.

En ese país de la ignorancia, súbita y a conveniencia, hay muchos no saberes que, poco a poco, nos van dejando sin aliento, sin recursos y sin derechos:

Hay un presidente y muchos políticos que no saben distinguir los brotes verdes de los zarzales plantados adrede; no saben interpretar cifras y, como dicen los niños “ sin querer” se equivocan (una y otra vez).

Hay banqueros de prestigio que, casualmente, no saben lo que venden ni sus consecuencias.

Hay aspirantes a TERMINATOR  que no saben que es el consenso ni los derechos humanos.

Hay políticas y políticos que no saben que no saben idiomas.

Hay madres y padres amantísimos que no saben lo que hacen sus hijospijos. .

Hay políticas a las que el tinte capilar les hace no saber lo que compran ni lo que encargan y políticos que, obnubilados por hacer su trabajo con ahínco, llegan a no saber qué firman ni a quién.

Hay políticos que tienen amigos de los amigos de sus amigos de los que no saben, llegado el momento, nada de nada.

Hay políticos que no saben que tienen secretarios muy “secreto-arios”, presidentes que no saben qué hacen sus secretarios.

Hay sindicalistas que no saben qué firman.

Hay políticos que no saben que las leyes no pueden cambiarse a gusto de los amigos.

Hay presidentes que no saben dónde van algunas tardes, casas reales que no saben vivir martirios, policías que no saben emitir informes con rapidez, con sus correspondientes directores de dudoso perfil y políticos que no saben que las siglas ONG no significan Organización Nada es Gratis.

Esto es parte de lo que, ignorante de mí, no sabía hasta que ha llegado uno de los letrados de la infanta y me ha hecho ver que estoy, estamos, rodeados de gente (gentuza) que ama, a manos llenas y con el corazón encendido y que, precisamente, ese amor tan puro y su inocencia, les hace hacer, a veces, algunas cosillas irregulares que, seamos comprensivos, en el fondo no son tan graves, ¿no?

PS: Finalizo con algo más de lo que no sabía que es  la filosofía con la que se auto-promociona el bufete del abogado de la hija del monarca del país del no saber, curiosamente un poco contradictoria con esa ingenuidad  y LOVE IS IN THE AIR de las que ha hecho gala el letrado sonriente.

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LOS BALANCES DE UN PATÉTICO: RAJOY Y EL 2013

Desde fuera parece patético. Patético él, Rajoy y patético ese mecanismo extraño que, a fuerza de repetirse se ha convertido en natural, por el que reaccionamos, periodistas, tertulianos, informadores y público en general cada vez que este indecente presidente por mayoría absurda, (perdón absoluta), tiene a bien salir de su estado plasmático y dirigirse a su sometido pueblo. Me refiero al mecanismo histriónico por el cual reproducimos, unos y otros, sus indecentes e inadmisibles palabras, sus indecentes e inadmisibles mentiras, sus indecentes e inadmisibles promesas que se verán convertidas, sin margen de error, en amenazas cristalizadas en reformas, retrocesos y tijeretazos.

Ayer, el susudicho dejó por un momento la superficie exquisitamente pixelada de la realidad virtual en la que habita, como teleñeco aupado en una supremacía basada en el fraude electoral -referido a las innumerables promesas e intenciones que sembraron el periodo pre-electoral previo a su asentamiento en la golosa silla del poder y que van dejando, tras él, un paisaje de nada prendido con alfileres de hambre y desesperanza a nuestra realidad-, salió del único foro con capacidad para resistir la mentira, el plasma, y vomitó la dosis normativa, terapéutica para que su conciencia permanezca inexistente, de “yo, yo y los míos” vinculándola a datos absolutamente falsos, a eufemismos cuidadosamente seleccionados y a videncias de futuro con una garantía de éxito como las enunciadas clásicamente por ese conocido vidente nacional, con gafas de concha y túnica de Demis Roussos en estampado de tela de sofá.

Y automáticamente, como haciendo la ola, aunque a la inversa, aquí estamos, desde ayer, molestándonos en analizar sus declaraciones, refrendando con mil y un argumentos la afirmación de que son una mentira urdida con números dictados por sus asesores mentirosos y sus estudios y análisis, tan serios y exhaustivos como los que realizó la empresa DELOITTE a Bankia, una auditoria que, en plena crisis (ESTAFA) de la entidad se atrevió, con naturalidad y desparpajo, a firmar que Bankia era una entidad solvente con problemas no graves que se reducían a los “habituales” en el sector.

Como decía, resulta patético el indecente presidente, saliendo a escena, una España que no es sino un coto privado de corruptos, para representar la perfomance de tener la deferencia de informarnos (ellos le llaman hacer balance, incapaces como son de ni siquiera pensar que deberían denominarlo rendir cuentas, dar explicaciones a un país al que se supone se deben, políticamente hablando) sobre el periodo -lamentable, represor y de retroceso- en el que, junto con su equipo de clones políticos, llevan campando a sus anchas. Pero resulta igual de patético -una ya, a estas alturas lo ve así- que nos molestemos, precisamente sus víctimas, en hacernos eco en la prensa de su actuación, escandalizarnos, rebuscar en la hemeroteca de la realidad (una hemeroteca de la vergüenza) y responderle con explicaciones que intentan, así lo parece en el fondo, convencerle de que no somos tan idiotas como nos quiere hacer ver y no tragamos su “balance”. Resulta patético porque, sencillamente, el indecente presidente no se merece ni una sola de nuestras palabras, de nuestros articulos, reseñas, comentarios, alusiones…ni un solo pensamiento.

El indecente presidente se niega por sistema a aparecer ante nosotros y nosotros deberíamos ser buenos y seguir su ejemplo: negarnos a aprecer ante él, negarnos a analizar sus balances del tiempo de su (anti)gestión. ¿Para qué? ¿Para darle la satisfacción de reforzar su egoidea de que es el centro de nuestra realidad, el guerrero del siseo, el abanderado de los buenos, la mismisima reencarnacion del dios de lo bueno y de lo recto? ¿Hace falta que analicemos sus salidas de plasma, cuando sabemos, con total y probada certeza, que son una mentira amasada lentamente, una indecente cadena de tergiversaciones y de falsedad? ¿No sería mejor hacer como hace él con los periodistas y prohibir, a él y a sus declaraciones falacia, que forme parte de nuestra realidad?

Seguramente, por la inteligencia y el ojo social de los que le votaron y le auparon para que alcanzara a colocar sus posaderas, tendremos que seguir soportando la humillación de su (des)gobierno por un (injusto) tiempo más…pero ¿Por qué no probar a ingorarle cada vez que hace balance y forzar la realidad para que el indecente presidente se quede sin público cada vez que nos ataca con una nueva ráfaga periódica de mentiras? ¿Por qué no desaparecer cuando él aparezca?

La organización de consumidores ha convocado un apagón general para el próximo 30 de diciembre ¿Por qué no convocar un apagón general de Rajoy y los suyos, como mínimo, cada cierto tiempo? Estoy segura de que, con el índice de egolatría, tan inconmensurable como inevitable, si se vieran sin público se morirían de rabia y frustración.

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EL GOBIERNO, SUS VOTANTES Y ESE EXTRAÑO SÍNDROME DE ESTOCOLMO

Hace tan solo unas horas escuchaba, en la calle, parte de una conversación. Una mujer y un hombre hablaban sobre la inesperada interrupción del proceso de detención del exalcalde de Torrevieja, uno de los (muchos) corruptos miembros del pp. “Sí…¡pues como harían todos! Pero que no te engañen, tendrán razón en acusarle, pero ha hecho muchísimas cosas buenas por Torrevieja” .Así contestaba el hombre de unos setenta años. Para ponernos en antecedentes sobre el tema de la conversación, debemos recordar que el exalcalde de Torrevieja y exdiputado autonómico, está condenado a  tres años por prevaricación y falsificación de documento oficial. Por lo que parece, no va a ingresar en prisión y espera que se responda a su petición de indulto, refrendada ni más ni menos que por 45 diputados del pp entre los que se encuentran sus 8 más valientes defensores, un grupo escogido de imputados genoveses, el corruptísimo Blasco a la cabeza, que sabedores que les queda muy poco para ser largados del partido se permiten la doble jugada de “defender” a su imputado amigo y enfrentarse a Antonio Fabra. El fiscal del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana, Antonio Montabes, que lleva hasta la fecha 19 días en el cargo, contestaba a  la prensa, escandalizada por la elasticidad de la justicia y las facilidades para, según qué personas, acceder a un indulto, con un “no sé qué les extraña, se está tratando a Pedro Hernández Mateo como a un ciudadano normal, como si fuera un pintor o un albañil”.

“Sí…¡pues como harían todos! Pero que no te engañen, tendrán razón en acusarle, pero ha hecho muchísimas cosas buenas por Torrevieja”

La respuesta de ese hombre, supuestamente un ejemplo de “ciudadano normal”, provocó mi sorpresa, primero, y mi indignación, unos minutos más tarde de haber empezado a intentar digerirla. Era una respuesta que mostraba el gran triunfo de “la política” y “los políticos”, actuales y con minúsculas minúsculas: han conseguido que aceptemos, con mayor normalidad que con la que aceptamos que llueve en otoño, que todos ellos nos pueden robar y humillar como seres sociales. Eso, aun siendo grave no es sino una nimiedad comparado con el resto de la respuesta, esa que deja entrever sin lugar a dudas una propensión a justificar lo ilegal y lo destructivo, en términos sociales, mirando, con mirada intolerablemente ciega, hacia otro lado y, por si no fuese suficiente, ensalzando lo que, en teoría, debería ser el trabajo, la obligación o la responsabilidad, de un político: actuar sobre la realidad social con fines positivos que mejoren a la mayoría de ciudadanos.  Así era, es, la escandalosa respuesta con la que se responde, en un sector muy numeroso de la ciudadanía, al escandaloso proceder de los sinvergüenzas y delincuentes que nos gobiernan.

La respuesta me llevó a una asociación de ideas, nada grata, que vinculaba el comentario con el síndrome de Estocolmo y el caso que, en 1973, propició que el psiquiatra y criminólogo Nils Bejerot diese nombre al conjunto de síntomas observados en los cuatro personas que fueron tomadas como rehenes en el asalto, perpetrado por  Jan-Erik Olsson, con la ayuda de uno de sus compañeros de ex prisión,  al Kreditbanken de Estocolmo. Tras finalizar el asedio, seis días después, las entrevistas con los rehenes evidenciaron que las víctimas habían establecido una especie de relación positiva con sus captores. La sociedad entonces empezó a preguntarse cómo era posible que personas cautivas experimentasen ciertos sentimientos positivos hacia sus captores cuando, simultáneamente, temían por sus vidas. Las respuestas las empezaron a ofrecer las mismas victimas unos días después. En concreto, Kristin Ehnmark, explicaba en una entrevista radiofónica que “Entras en una especie de contexto en el que todos tus valores, la moral que tienes, han cambiado de alguna forma”.

Esta respuesta, pronunciada en el pasado, es lamentablemente una respuesta que nos lleva a mirar el presente que vivimos, por decreto ley de los sinvergüenzas y delincuentes (ya sea en la fase de imputación o de condena) a los que un tanto por ciento, que a mí se me antoja del todo incomprensible, dieron un voto con el que, de una forma que es, en mi opinión igual de incomprensible, proyectaban sus neuras, sus frustraciones sobre el poder, su casposa ética y su asumida supremacía. Los captores que nos han secuestrado, muestra evidente de los genes más ambiciosos del adn social, son una parte del acto delictivo que cometen cada día, nuestro secuestro, el secuestro de nuestros derechos. La otra parte, sin duda, la constituyen los cautivos que alegremente hacen caso omiso de quien no tiene un techo (de  quienes no lo tienen, en plural, porque ya son más de 25.800 personas las que viven en la calle, sin un techo) y se dejan secuestrar y, por si fuese pequeño e inocente el atentado social que cometen siendo cómplices con su voto, manifiestan que, como todos los políticos son iguales, seguirán votando a los suyos, que …al fin y al cabo, además de hundir nuestra vida, nuestro estómago y nuestro esperanza en el futuro, “también están haciendo muchas cosas buenas por España”

Definitivamente, debe ser cierto que cuando las víctimas experimentan el síndrome de Estocolmo hacia sus verdugos “Entras en una especie de contexto en el que todos tus valores, la moral que tienes, han cambiado de alguna forma”.

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DE LOS HIPÓCRITAS QUE LLORARÁN EN JOHANNESBURGO

 

No deja de asombrarme la conducta humana, esa sucesión de pautas que, a pesar de dar la impresión de ser originales en cada persona, no son más que repeticiones de una pauta colectiva, muy pobre, autómata, alienada. Continúa impactando en mí el modo en el que, vayamos donde vayamos, un microcosmos se reproduce y las acciones de unos y otros, no importa la identidad que tengan, son calcos que rozan, a poco que la situación empiece a complicarse, lo miserable.

Digo esto porque parece claro que tenemos una especie de ADN como colectivo. Nosotros, y los nosotros y los ellos de cualquier rincón de este desesperanzado planeta, tenemos genes en común que nos hacen igual de cobardes, de imperfectos y, en el caso de los políticos, igual de corruptos y miserables. Entre los segmentos de ese ADN, nuestros genes colectivos como masa, está el gen de la hipocresía, un gen resistente a cualquier mutación.

Infectados de una hipocresía recidiva, políticos falsos, corruptos y patrocinadores de genocidios y muerte, se disponen a ocupar la fila del poder en la celebración de los actos del funeral de un hombre que, paradójicamente, se resistió a ejercer de hipócrita oficial y reaccionó con la lucha ante el empeño del blanco prepotente por perpetuar el falso abismo que le separaba, con sangre y humillación, del negro sometido.

Nicolas Sarkozy, saqueador e instigador de guerra y muerte;  el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, un secretario oscuro, escondido tras una sonrisa afable que ha cedido secreta y repetidamente a las presiones de EEUU, de Gran Bretaña y Francia, llegando incluso a firmar en 2008, en secreto y violando el tratado fundador de la ONU,  un tratado con el entonces presidente de la OTAN que no fue sometido ni presentado al Consejo de Seguridad de la ONU ni a la Asamblea General posteriormente, por el que se daba luz verde a la posibilidad de intervención común de las fuerzas de la ONU y la OTAN, no solo en aplicación de las resoluciones ordenadas por la ONU, sino también en aquellas ordenadas por la OTAN; el presidente Obama, un drone-friend, prepotente salvador del mundo, especialmente de países en el punto de mira de sus amigos de Israel y de aquellos en los que interesa entrar escondiendo la intención de destrucción y saqueo tras la etiqueta conmovedora de “misión con interés humanitario”; Bill Clinton, uno de los principales criminales de guerra (recuérdese la definición de este término según las convenciones de La haya y Ginebra: …guerras de agresión, el uso de gases tóxicos y otras armas inhumanas, el asesinato deliberado y la matanza por hambre de poblaciones civiles, y el uso de la fuerza más allá de la necesidad militar), instigador de bombardeos y asesinatos, como el perpetrado, bajo su autorización, en Bagdad en represalia por un complot de Irak, aducido pero no probado, para asesinar al ex-Presidente George Bush; George W. Bush, criminal de igual, o superior, rango que Clinton, que pudo perfeccionar su crueldad, oficialmente consentida, en territorios como los de Haití, donde estuvo envuelto en una serie artimañas políticas e intervenciones militares que en gran parte causaron la perpetuación de la pobreza, el atraso y la represión; un imperialista soberbio que ha sido declarado culpable de crímenes de guerra  y que, recordemos, justificó e impulso lo que él llamó la guerra preventiva en Irak —una guerra donde se asesinó a 150.000 inocentes, se desplazó a un millón más y se contaminó para siempre el país con uranio empobrecido causante de malformaciones congénitas— a partir de informaciones supuestamente veraces (que no pudieron probarse hasta la fecha)

Ellos y otros hipócritas estarán tomando un vuelo lujoso hacia Johannesburgo, o ya habrán puesto sus soberbios pies en la tierra donde Mandela luchó. Sonrisas y manos que se dan, que dan, para pasar después factura.

Entre ellos, y porque Españistán en eso es un reino de primera, estarán dos representantes de la hipocresía nacional. No son los únicos, pero sí son dos de los mejores. Uno representa la realeza, palabra absurda que rima con impureza y maleza. El otro se autoproclama representante de una mayoría, silenciosa porque recibe privilegios a cambio de la prostitución ideológica, por la que gobierna, sin disimulo, para una minoría. Los dos, unidos por el gen de la hipocresía, se sentarán en sus sillas respectivas tapizadas de mentira y blablabearán públicamente, el plasma queda para los de casa, para halagar a Mandela y decir que, como él, ellos también se unen y valoran la lucha contra los vacíos, fabricados por las manos blancas, para recluir a los de raza distinta. Ellos, como dúo que canta en ocasiones a dos voces bien ensayadas, recordarán la crueldad del apartheid, criticarán el poder que se basa en la humillación y el racismo y, si les dejan, aprovecharán para canturrear el eslogan incomprensible de esa marca España en la que solo ellos, sus bolsillos, creen.

Y mientras, los nosotros que sabemos de su verdadero rostro y les sufrimos, pensaremos que su hipocresía, altísima, no puede tapar una verdad que han olvidado, a propósito, y han dejado en tierra antes de subir la escalinata del avión que les llevará a esa reunión de hipócritas: los que elogian a Mandela y le lloran como falsas plañideras son los que consienten, realeza por medio, autorizan y financian la crueldad contra los inmigrantes de color que se dejan jirones de piel y sueños en las cuchillas vergonzantes de la valla de Melilla.  

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EL MINISTRO DEL INTERIOR, LA SANTA Y LAS CUCHILLAS DE LA VERJA

cuchillas ministeriales

A uno de los integrantes con cargo oficial del clan de los soberbios, Jorge Fernández Díaz le ha bastado hacer una visita a instalaciones de la Guardia Civil, enfundado en un traje y chaqueta -quién sabe si proveniente del mismo armario con doble fondo del que han salido casi todos los trajes del pp- para concluir con un revelador descubrimiento: “Las cuchillas instaladas en las vallas fronterizas de Melilla y Ceuta son una medida no agresiva, cuyo objetivo es impedir la entrada de migrantes sin papeles a España y, por tanto, a la Unión Europea. Son elementos de seguridad que tienen un efecto disuasorio y que provocan “erosiones leves, superficiales” a aquellos que intentan sobrepasarlas”

Antes de leer sus, de nuevo inconscientes y humillantes, palabras había pensado escribir sobre esas piezas de metal, cuya crueldad pretende esconderse tras un nombre que supuestamente las dulcifica, concertinas, para describir lo que viven, y lo que les es negado, quienes cruzan su mirada, y su piel y su esperanza, con ellas. Dejo aparcado ese texto porque siento la urgencia que provoca la indignación y la ira, las mías, al comprobar por escrito, de nuevo, la facilidad para decir idioteces que dan la ineptitud, la prepotencia y la falta de ética. Urge contestarle a este espécimen de homo politicus estupidus.

Para comprender a este individuo y sus palabras, que no por estar entrecomilladas adquieren algo de seriedad o de sentido, hay que retroceder en el tiempo y rebuscar en su biografía política (por llamarle de algún modo). Los del clan de los soberbios, concretamente la división de familia genovesa, han ultrapasado ya ese pavor que tenían, cuando su trasero, impulsado por los votos de los como ellos, estaba recién aterrizado en sus correspondientes poltronas. Era el pavor a que en algún momento decidiésemos investigar para conocer el pasado de sus miembros, un pasado vacío de aspectos valorables, en el mejor de los casos, o lleno de vinculaciones empresariales del tipo y viceversa, contratas por generación espontánea, licencias milagrosas, favores con efecto boomerang y otras buenas obras. Dos años después de del milagro que su dios les hizo, encontrarse con una urna robada a la mentira, mayoría absoluta le llaman ellos en jaculatoria que repiten cada día, y creyéndose protegidos por su versión de andar por Génova de la santísima trinidad –el silencio, la mentira y algunos jueces-nada temen, nada les turba, ni siquiera que aparezcan escandalosos episodios de su vida, sobres fantasmas entre fantasmas o tramas que se transforman, obra y gracia de las leyes que modelan a su gusto, en actuaciones imposibles de probar.

El señor Fernández Díaz tiene un pasado fantástico para ser estudiado: vacío de méritos y de momentos de gloria, lo que no significa que no sea lógico que ostente un ministerio, es más, aquellos con pasado hueco de logros y formación, son los más requeridos para ocupar carteras y sillones. No logró obtener un escaño, cuando militaba en el CDS, en las generales del 82; Cambio el centro por el rosario, se entrevistó con miembros de Alianza Popular y se obró el primero (y común) de los milagros de los diestros: fue elegido presidente provincial de Barcelona en 1993; concejal del ayuntamiento de Barcelona por las elecciones municipales de ese año; diputado del parlamento de Cataluña, un año después; Secretario general de los genoveses catalanes de 1985 a 1987; presidente provincial de Barcelona, presidente regional, miembro del comité ejecutivo nacional del pp, reelegido diputado en el parlamento catalán en 1986 y senador territorial durante los tres años siguientes en las municipales. Después, es elegido diputado por Barcelona y de ahí, de la mano de su amigo Rajoy, inicia el pperiplo ascendente hacia el glamour: de Secretario de Estado para las Administraciones Territoriales (14 de 1996-1999) a Secretario de Estado de Educación, Universidades, Investigación y Desarrollo (1999 -2000) y  finalmente Secretario de Estado de Relaciones con las Cortes (2000 -2004).

Ahora sostiene, con una mano que se aferra al asa con ahínco, la cartera del ministerio de Interior, un interior empeñado en guardar el interior y destrozar el exterior, impedir el acceso a ese interior, que en realidad no tiene apenas condiciones para ser deseado para quienes viven fuera de él.

Para entender el porqué de ese empeño en levantar cuchillas, perseguir a los exteriores y sus teorías médicas, tan comunes en el del pp, que atribuyen a las cuchillas puestas en la verja, propiedades casi tan inocuas que cualquier día a los del interior nos recetarán una pasadita de ellas sobre la espalda y manos con fines terapéuticos (la cuchilloterapia) hay que recordar un episodio alucinante en la vida política de este miembro del opus dei con cartera interior:

Corría el año 2008 y el entonces vicepresidente tercero del PP, Jorge Fernández Díaz, propuso al Congreso la celebración de un homenaje curioso. Se trataba del homenaje a Maravillas Pidal y Chico de Guzmán, una religiosa canonizada por Juan Pablo II que sufrió persecución durante la guerra civil, pero resulto indemne. A pesar de las presiones y los vínculos con la obra de muchos de los políticos peperos, el homenaje a una monja cuya consigna era “déjate mandar; déjate sujetar y despreciar y serás perfecta” se suspendió.

El que el ministro vea en las cuchillas un artilugio casi consolador, propiciador de meros y leves rasguños, si descartamos la ceguera total y selectiva, no tiene más explicación que una relacionada con la santa: Fernández ha debido pensar que si la religiosa de nombre asombroso fue perseguida con recurrencia pero salió indemne, los inmigrantes a los que se apalea, castiga, detiene y se caza, como si fuesen poco menos que perros, cuando saltan sobre la verja llena de cuchillas, también saldrán ilesos, a lo más con cuatro arañacitos de nada. A este opusiano parece sucederle lo que a muchos que andan por el mismo Camino: se empeñan en que a los otros, a los de segunda, hay que darles oportunidades para que sufran y mueran, porque al cielo, al suyo, se llega por el sufrimiento, la muerte y el dolor.

Nota: Lo referido al sufrimiento,  la muerte y el dolor no lo aplica el ministro aplica a los suyos, a los de azul, a los que van por EL CAMINO sino a los demás, obviamente.

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LOS PRESCINDIBLES: LA MUERTE EN LAMPEDUSA

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Hace más de cuatro años, el ejecutivo de un probado mafioso, Berlusconi, impulsaba la entrada en vigor de una legislación que catalogaba un extrañamente implacable catálogo de  multas y de vías para atender la casuística de los inmigrantes e indocumentados (literal), eufemismo que esconde un único mecanismo para expulsar, con la rapidez de la que adolecen la solución de otros problemas, a los indocumentados. Una vez más el mundo al revés: el político corrupto poseyendo el báculo que le otorga el absoluto poder sobre los indefensos. Esa misma ley, el fiel de la balanza que se supone garante de derechos y obligaciones de los ciudadanos, invita, con multas y sanciones, a los funcionarios públicos a denunciar a los ilegales, señalarlos con el dedo y evitar así se declarados culpables, por la ley  Bossi-Fini, de complicidad con la inmigración ilegal, delito en el que se incurre automáticamente cuando alguien asiste a las víctimas inmigrantes del naufragio de una embarcación.

La ley, especialmente con los indefensos (¿o debería decir “únicamente” con ellos?), teje marañas crueles de las que no es fácil salir una vez quedamos atrapados en sus articulados incomprensibles y sus epígrafes amenazantes. La ley Citada, Bossini-Fini, llamada así en “honor” a los ministros que la idearon, se muestra hipócritamente generosa con los inmigrantes, como hace con ellos usualmente, y enuncia su voluntad de integración, no excluyente, a la vez que, en otro articulado y casualmente, aumenta el número de años que un inmigrante ha de permanecer en Italia residiendo para obtener la soñada residencia definitiva. Dibujar legalmente un horizonte tras el que se adivina el paraíso, articularlo, legislarlo y, en paralelo, sembrar de obstáculos el viaje hacia él para que los prescindibles, los que no cuentan, los que aportan problemas, no lo alcancen jamás.

Y mientras el estado, lavándose las manos, mirándose orgulloso e hipócrita al espejo a la vez que pronuncia su autoafirmación engañosa: soy un estado justo.

El país regido por un mafioso corrupto, miembro de una vieja meretriz, Europa, que consiente consciente la prostitución política y los favores que encumbran a los que tienen en su mano nuestra supervivencia al día a día, habla de leyes, de justicia, de apelar a la unión de Europa y otras mentiras en estos días de muerte.

Antes de hoy, ese estado, que no es peor, por muy abominable que nos parezca, que el que nos oprime desde su mayoría absoluta, se molestó en dictar leyes que aceleran, sospechosamente, la expulsión de los irregulares, aquellos no tienen permiso de residencia o los visados en regla, mediante un procedimiento que el estado denomina, ironía de las ironías, acompañamiento a la frontera, otro negocio para los corruptos, incluido el estado español, que compran a empresas amigas, o fletan con ellas,  los aviones en los que se acompaña con ternura social a los irregulares para expulsarlos de la limpia realidad en la que, supuestamente, vivimos los otros, los regulares.   .

Son los prescindibles que Saramago nombró y abrazó, como víctimas de una sociedad enferma de ceguera. 5.192 cadáveres que se amontonan, con los que no alcanzaron la costa de Lampedusa, sobre la consciencia de Italia desde 2006. Más de 5000 prescindibles, muertos con nombre y apellidos, que no sabrán jamás, al igual que nosotros, dónde han ido a parar los 232 millones de euros oficialmente asignados por el fondo europeo para lo que los políticos llaman gestionar el fenómeno de la arribada de inmigrantes en el 2010-2012, sumados a  los  137 millones otorgados en  2013.

Prescindibles que en Italia, el país al que querían llegar, son los únicos a los que se les toma las huellas dactilares para incluirlos en el escaparate donde los buenos muestran a los malos, a los conflictivos, a los maleantes.

Todos somos, para el poder, prescindibles a los que se puede vencer porque estamos, si callamos, definitivamente ciegos.

“Cuando, al principio, los ciegos  de aquí se contaban aún con los dedos, cuando bastaba cambiar dos o tres palabras para que los desconocidos se convirtieran en compañeros de infortunio, y con tres o cuatro más se perdonaban mutuamente todas las faltas, algunas de ellas graves, y si el perdón no podía ser completo, era cuestión de paciencia, de esperar unos días, bien se vio cuántas ridículas pesadumbres tuvieron que sufrir los infelices cada vez que el cuerpo les exigió cualquiera de aquellos alivios urgentes que solemos llamar satisfacción de necesidades”. Ensayo sobre  la ceguera .Saramago

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DE LA LIBERTAD, LAS PLAZAS Y LOS PAÑUELOS

Porque haría falta que las plazas pronunciaran nuestros nombres;  que se llenaran, de nuevo, de claveles y sueños; que, circulares, fueran ellas las que nos habitaran y nos dieran su enérgica voz, nuestro levantamiento; que silabearan, con nosotros, la palabra REVOLUCIÓN, caligrafiada con la mano empuñando gatillos y poemas. Porque haría falta que las plazas se llamaran, todas ellas, Plaza de la Libertad y se llenaran de un nosotros que no sintiera MIEDO.

A las plazas en las que ha latido el levantamiento, el negarnos a la humillación del estado, el levantar el puño y la voz, el no esquivarnos la mirada: la Praça do Comércio; la Plaza de Mayo; la Plaza de la Revolución de la Habana; la plaza Al-Tarir;  la Plaza de Sol; la plaza Taksim

Es mucho el tiempo en el que la ciudad vive, sobrevive, con un corazón artificial que a medias late. Sin convicción, dejándose arrastrar sobre sus venas sin sangre, pequeñas calles, avenidas y cuadrículas de acero. A la ciudad le han robado, poco a poco, la esperanza. Le han expropiado su faz de espacio público. Ya no es más ese espacio en el que nosotros, sus pobladores, nos representábamos; nos hacíamos visibles; aceptábamos el encuentro, el cruce de miradas y de voces; levantábamos, con materia invisible, un lugar común en torno  a un yo que mantenía la dualidad vital del ser individuo y el ser plural. Tres grandes bocas han pugnado, cómplices monstruosas, por morder el perímetro intangible de la ciudad que nos contiene, y antaño nos brindaba la clarouscuridad de sus esquinas, las puertas de sus parques, las alfombras de hojarasca detenida y vencida, sobre el suelo de tierra. Esas bocas son desdentadas armas que socavan la libertad y nos anulan la consciencia: la boca restrictiva y ambiciosa de la privatización;  los ojos desconfiados y perversos de la globalización y las manos alargadas y nocivas de los procesos de control social que brotan de la maquiavélica cabeza del capitalismo.

Nos han robado la ciudad, su función como ágora compartida, donde dejar los pasos sobre los que otros dieron, para crecer en un camino que jamás se definía.  Nos han desangrado las avenidas y los rincones donde unos y otros éramos unos, sin más. Ha sido lentamente.

El capitalismo y sus dedos sibilinos ha modelado la ciudad para que sea un reflejo de su alma sin alma: un epicentro donde el aroma adictivo del dinero esparce sus partículas para atraer a los manipulados y hacerles beber en fuentes sin agua, tendidas las trampas de la necesidad y el consumo de falacias para aproximarles al hábito de soñar, no con los sueños propios, sino con los sueños impuestos por el estado. En el centro de la ciudad, el estado capitalista, el padre corrupto que nutrirá a sus hijos para llevarles, más tarde o más temprano, al precipicio de la nada, ha ido creando celdillas que encierran la miel de la ambición, forman un panal de falso brillo, un esperpento disfrazado de metáfora y promesa que se dicta en la lengua podrida del capitalismo.

Más allá de su centro, la ciudad se desdibuja, se empequeñece, decrece en su silueta, adelgaza su luminosidad y se oscurece para acoger, sin ningún tipo de ternura, a los despojados de la libertad, a los carcomidos por la pobreza y la desesperanza.

La ciudad reniega de los débiles, de los que por no tener no tienen más que un nombre, y les expulsa a sus suburbios tintados con el hambre y la soledad. Las calles de las orillas de la ciudad se llenan de bocas hambrientas y vientres que no cesan de engendrar; pies que caminan en círculos concéntricos; ojos cubiertos de lágrimas; manos ribeteadas por cicatrices y marcas de los surcos del vacío y las incógnitas; corros de niños que no lloran ni sonríen, que únicamente intentan  aprender a esperar, que se encomiendan a la rabia y a la ira que mana de las calles sin calles que divisan.

Las noches, en el suburbio creciente de la ciudad, son más largas. Las aceras son espejismos crueles que desvelan su verdad cuando el borracho camina en su eterno zig-zag: adoquines de cartón, camas de papel, almohadas de aire y una botella llena de posos, sin color, que se acerca a unos labios que no recuerdan más sabor que el sabor de la amargura contenida. La ciudad que ha modelado el estado prometedor de un bienestar que se amaga tras un espejismo gigantesco, se ha convertido en un espejo partido en dos.

Nos han robado los encuentros, la oportunidad de hablar un idioma común, de ser voz a uno, de mirar a través de unos ojos distintos. Nos han robado las plazas, las esquinas, porque es peligroso que nos hallemos en ellas y expresemos con palabras las lesiones que el estado nos deja en el pensamiento y en el alma, su tortura incesante, sus mentiras y los efectos secundarios que nos minan. No interesa que el pueblo halle de nuevo un paisaje comunitario, un espacio común y colectivo. Es peligroso que existan ventanas en los suburbios desde las que agitar pañuelos en lugar de una bandera podrida. No interesa que los niños trepen por un árbol sin necesidad de rezar a quien les amenaza con una espada invisible y un infierno de fuego y de biblia. No conviene que las mentes se abran a las gargantas y fructifique el coraje de vivir exigiendo hacerlo sin el yugo de los himnos.

Nos han robado las plazas. Queda lejos el tiempo en que solo los mayores ocupaban su circular territorio, inquilinos temporales de bancos de madera. Lejos también quedan las horas en que riadas de niños y niñas hormigueaban por el césped y jugaban a perseguirse y asustarse, pasar miedo, pero sólo de mentiras. Hoy las plazas son cárceles de aire enrarecido que aprisionan a hombres y mujeres con escasas ilusiones, sin trabajo; con la mirada turbia por la falta de sueño, de los sueños; con la juventud atada a sus espaldas y unas manos que con dolor se resignan, cada día un poco más, a estar vacías. No son plazas de viejos y de niños. Son plazas de árboles resecos y oxidados columpios que no oscilan. Han huido de ellas  las palomas, hambrientas también, cansadas de no hallar en el suelo las semillas. Se arremolinan corros de madres y padres que hablan lenguas diferentes, con acentos solitarios y enérgicos, que van perdiendo la fuerza a golpe de los días inútiles y absurdos, que se hacen entender con la lengua común de la incertidumbre y ese miedo que invade las bocas cercenadas de los sometidos, los despojados, los exiliados, a la fuerza, de la vida.

Las plazas de las ciudades ya no tienen nombres ampulosos seguidos de números romanos. Se llaman plazas para pobres, de los pobres. Son los únicos lugares que nos quedan, la única realidad de la que no pueden, por ahora, desahuciarnos.

En mi ciudad, las plazas están ocupadas por fantasmas que esperan la llamada de una voz que les comunique que la suerte les regala un día de cortar  naranja, bajo el calor que el sol sin remisión tiene previsto o entre el gélido frio de un invierno que será, como el presente, demasiado largo, precedente de un futuro inexistente, de efímeros minutos. Fantasmas que no hace mucho tuvieron un trabajo, una mesa con platos, con comida, una casa y hasta un sueño que creyeron era suyo, que no sospecharon que era el anzuelo para ser aprisionados por el estado que ahora les abandona, sin destino.

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Víctor Jara. Canción de cuna para un niño vago

La luna en el agua
va por la ciudad.
Bajo el puente un niño
sueña con volar.

La ciudad lo encierra
jaula de metal,
el niño envejece
sin saber jugar.

Cuántos como tu vagarán,
el dinero es todo para amar,
amargos los días,
si no hay.

Duérmete mi niño,
nadie va a gritar,
la vida es tan dura
debes descansar.

Otros cuatro niños
te van a abrigar,
la luna en el agua
va por la ciudad.


EL VERDADERO PROBLEMA DE ANA BOTELLA

el verdadero problema de ana botella

He querido dejar pasar, mordiéndome la lengua, los días con videos demostrativos y chistes que se inician con juegos de palabras, pronunciadas con acento de muñeco parlanchín barato, y frasecitas que aspiran a graciosas,  llenas de exclamaciones y nuevos palabros que, por arte mediático e irónico, ya tiene nomenclatura:  el botellinglish. Era necesario, después de esta infección colectiva que nos ha transmitido Ana Botella, darse un tiempo antes de reaccionar a uno  de los ejercicios más hábiles de la ridiculez, conclusión a la que han debido llegar también la mayoría de los suyos, que han coincidido en la sutil consigna del mut y chitón y que, consenso repentino, han cerrado sus bocas, venciendo la dificultad que entraña tenerlas llenas de mentiras y corruptelas ¿Un claro ejemplo de lo que ellos han decidido acuñar como mayoría silenciosa?

Ella, y casi el 90% de los profesionales de la política, nos tienen EXCESIVAMENTE acostumbrados al ridículo político. Sobre él, argumentos colectivos como “es más de lo mismo” o “ya no me asombra” no deberían valernos. Si los seguimos utilizando,  a poco que practiquemos cierta autocritica, caeremos en un ridículo que es, cuanto menos,  similar. O casi, porque la ridiculez de Ana Botella ha puesto en evidencia, más allá de la desfachatez, el patoseo y el patetismo, un problema mucho más grave: la soberbitis contagiosum, pandemia cuyos síntomas se extienden a ritmo vertiginoso, de efectos letales, no para quien la padece sino para los otros, para quienes habitamos los suburbios de los soberbios.

Botella no tiene valor, no un valor extra. Por mucho que se empeñe, desde esa soberbitis, ella  no tiene ni siquiera eso. Representa, eso sí, el caso más freeki y de moda en estos momentos, pero debe analizarse, ya de entrada, quitándole lo que más les duele a ella y a los enfermos como ella, restándole su papel de caso extraordinario y escribiendo, con todas la letras, que es UNO MÁS, de los casos públicos de contagiado con la SOBERBITIS. Con cero meritaje político (porque, está comprobado, dormir con un político no contagia el perfil laboral de “ser político”) y sin ningún cargo, inició un camino que van allanando quienes hacen fácil eso de la genuflexión y la mano extendida, señalando el bolsillo.

Se trata de un camino que se les aparece como ellos dicen que se les aparecen las vírgenes,  de milagro, por mandato divino, aunque en el término divino entre los ellos, los afectados por la soberbibitis, hay discrepancias.  Los fantoches seseantes, enfermos de 3era y hasta de 4rta por su poca monta respecto al panorama internacional, y sus acólitos y acólitas, como quien nos ocupa, cacarean que lo divino es exclusivo de los que visten de blanco y salen de una fumata de idéntico, y sospechoso, color. Botella, en un pico de su enfermedad, se dirigió a los otros, con el mismo y eternizado proceder que la soberbitis propicia, para afirmar que “No tengo ningún problema de conciencia, porque el Papa el Papa lo que ha dicho es que hay que luchar por la PAZ .Yo creo que el Gobierno ha luchado por la paz hasta la extenuación, y el Papa ha dicho que serán responsables aquellos que no hayan luchado por la paz”. (No me queda claro qué tiene que envidiarle el último de los cafés con leche que se ha tomado la susodicha a esta manifestación de su ya comprobada patología). Los fantoches tintados, esos que utilizaron su color para engañar a millones de daltónicos votantes, tienen otro concepto de la palabra divino, y lo reducen, TÍO SAM Y AMÉN, a aquello que es LO SUYO, lo que tiene como mandato acabar con DIABLO ÁRABE. Unos y otros, subidos a las alzas de la soberbibitis llegan de la NADA, pasillean (del latín, amicitias in basilicis, hacer amigos en los pasillos), se contagian (muchos de ellos sin necesidad de esnifar ni someterse a un trasplante de ideología), refuerzan entre los suyos, con babosas muestras de amistad y compromiso,  la carga vírica de su enfermedad y se distribuyen, por una mano invisible que premoniza repartos, sobres y cargos, en salas con sillones altos, donde permanecerán in eternum, convalecientes, voluntarios y encantados, de su maravillosa enfermedad.

Ana Botella no es nada, absolutamente nada, más allá de ser un ejemplo de política(cucha) enferma, con carácter grave, de soberbitits. Como Obama, el pendulante y cínico Hollande; el espeluznante y mafioso Berlusconi; la perseguidora de reelecciones teutona; el sonriente y ambicioso mentiroso compulsivo americano y otros, sobrinos o no del Tío Sam, casi el 90% de los ellos que nos miran por encima de su cargo.

Se atreven a pisarnos la cabeza, tras robarnos con el imán de la mentira y las promesas podridas un papel, antes en blanco, que al llegar a sus manos sacralizan y usan a su conveniencia: a golpes intermitentes somos, para ellos, mayoría absoluta o minoría a la que silenciar y desoír, pronto ya sin necesitar las drogas habituales y tradicionales con las que nos atontaban (el futbol, los mass media terroristas, el marketing) No les vale poseer lo que ya poseen (unido a la satisfacción de saber que procede de un hurto colectivo del que saldrán indemnes gracias a esa LEY que manipulan y modelan) porque empuñan un extraño concepto de la competitividad: compiten entre ellos, encarnizadamente cuando llega el momento, para superar en lo poseído a los compañeros de tribu, al club de su enfermedad.

Siento decírselo a la cara, señora Botella: usted no es nada, nada más que un caso MÁS de enferma, con un toque pijales, beatorro, pseudochanelístico, profident-ial, pero un caso VULGAR y COMÚN de enferma de soberbitis política y vital. Pero, eso sí, sirve usted como la MÁS  para probar que, aunque no lo creíamos, su enfermedad tiene efectos también graves para los que la padecen (gozan, quiero decir). Basta volver a ver las imágenes de esa mujer, ella, en vídeo o en las fotografías posteriores al rechazo de la candidatura de Madrid a los juegos olímpicos. Basta observar como la enfermedad de la que hablo es tan intensa que traspasa sus entrañas (probadamente inexistentes) y se muestra, con el mismo descaro que no ocultan ella y los demás enfermos, transformada en gesto dramático, en piel repentinamente ajada y destrozada, arrugada, envejecida por la ira, la rabia y el odio, ese que tienen los soberbios hacia cualquier cosa o persona que se ATREVA a plantarle la mínima cara o el más pequeño problema a la deidad políticamente soberbia. Ana Botella es una más de los diosecillos políticos soberbios, pero escenifica esa frustración inmedible del soberbio que sabe que hay cierto riesgo de perder una pizquita de su fraudulento PODER y que, aún algo abatido, se permite, por obra y gracia de su soberbia, demostrarnos, sin disimular, que los cargos esconden solo podredumbre y riqueza (de ahí lo de su gesto descoyuntado y su estado al borde de un ictus de pataleo e ira)

Señora Botella, usted es una más, no se confunda…

Eso sí, representa nuestra soberbia más políglota y fetén… de andar por casa…

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